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domingo, 28 de enero de 2018

"DEFENSA"



"DEFENSA"

Ante un Juez de renombrado patrimonio
le presentaron a un humilde hombre 
de tez morena, pelo lacio
con cierto aire de benevolencia en su cara.

Se le acusa,
dijo el Juez:

De hurgar con premeditada vileza,
robar un lucro discriminante,
matar con alevosía a una mujer,
de declarar cual delirante el hecho de lo consumido.

¿que tiene que decir en su defensa?

¿Quien me acusa? 
dijo el sentenciado

¡La plebe!

murmuraron.

de retórica corpulencia su semblante
y sacó un harapiento paño  sobre la mesa
dos labios delineados de carmin coral en aquel fino papel,
posando sus ojos que en su abismal pupila
rejuvenecieron como un niño que hábre sus manos
por primera vez al ocaso.

Dijo:

Sí, su Señoría.

Yo soy culpable de hurgar
y no me arrepiento.

en la mas desalmada carrera de mi vida,
cuando el fulgor de juventud se amontona como rescoldo
de brasa en mi cuerpo,
he hurgado afanoso en el alfabeto,
la palabra mas sublime, 
como una piedra que se busca en la cantera
buscarle el tono al tono 
y no es por vanagloriar sino a mi manera,
estrujar entre mi boca 
el ripio de lo tartamudamente dicho,
he hurgado para felizmente enderezar mi mirada,
comprometer lo prometido  a la que mi corazón clama por amada.
Siendo que el alfabeto, 

Señoría 

Es puro en su mas amplia jerarquía, 
nosotros los humanos lo hemos profanado
como quien sino la poesía sera gemela cuando expresa  
sin ataduras  lo que calla el alma mia.

De robar,
Sí, he robado, 
calladme si alguno de ustedes en su mas desdicha alegoría, 
no ha robado la palabra de los que callar no deben ,
apretad mas las grietas 
que en mis muñecas amordazan 
con fruncido dolor hasta mis venas,
cuando en sus oídos resuena  como un  mazo 
la verdad en plena carrera.
he robado cenicienta el dulce carmin de unos labios,
la melodia que arpegian las miradas,
el hambre de unos ojos que en el verso 
mis pecadoras rodillas adoran
no tengo por remordimiento la mas minima pena.

Y continuo el acusado.

Si he de pasar la mas vergonzosa pena,
 si ante el paredón se me acusare 
para morir entre sus manos y muriére,
siete veces prefiero ¡morir!  por lo que amo.

Si, yo he matado.

He matado la palabra pródiga 
en la boca de una doncella, 
he usado como daga el beso,
como paño para cubrir mi crimen, mi pecado.

Ella me motivo con su perla mirada, 
con su voz que mas que voz 
es timbre acogedor de una lira,
la gota sonora del agua desde la cascada, 
asi senti la melodia de su voz.
su alma que fue de alba madrugada, 
me extasió como extasían las gardenias 
sus perfumes entre los naranjos y su boca, 
¡ay su boca!

Y guardo silencio el acusado, para proseguir.

La boca de ella 
 que desde las manos de dios, 
fue moldeada como un rubí
como un higo que desde la mata, 
al mínimo toque su miel expele.

Y se quejo, como sintiendo en su interior morir 
o arrancar desde su corazón algo mas que amor.

Yo comi de ese higo, 
junté desde la raíz a la rama 
su árbol de plenitud a morosa
chupe las semillas, que en mi boca 
fue mas dulce que muchas mieles sabrosas;
y no proseguire mas, 
aun sí,
 debo decir que jamas he visto 
cuerpo de diosa tan hermosa,
y que su marmorea piel en mis manos se volvió una rosa.
Sí, he matado pero la palabra 
en su boca.

Y no me quejo, 
porque al morir llevaré por corona entre mi pecho 
un rayo de luz porque vi la gloria.

perdonadme diria cualquier que en su mas terrible pena 
desvaría  vivir para seguir, no necesito vuestro perdón, 
me infamaría.

En ultima instancia si al acusarme 
repliegan como testigos el testamento de mis versos,
ellos serán mi tumba, 
pero también serán el punzón 
que cause a su aberrante cobardía
esa desazón sobre sus costillas,
por que son como esporas que vuelan por el viento.
Se que al no tener mas que decir y decir mucho,
y cuando no queda mas recurso en nosotros los pobres, 
solo nos queda  la palabra
y mas que nunca me convence 
que todo argumento en mi contra, es malévolo, 
quedaran expuestos como una ostra a la orilla del rio 
después de una fuerte tormenta, 
soy todo suyo acusadme, 
esta es mi defensa me declaro:
 ¡culpable!

Autor: Hilario de Jesus esteban Lopez©
2018  














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